Julián Aragoneses, en el nudo del arte
Por Luis María Anson, de la Real Academia Española
Publicado el 11/06/2010 en El Cultural de El Mundo


Rafael, ¿por qué no escribes unas letras para el catálogo de mi próxima exposición? - Mira, Manolo, estoy agobiado de trabajo y tengo la suficiente confianza contigo para decirte que hay muchos que lo harían mejor que yo. Unos minutos después, Rafael Alberti me pidió discretamente un papel grande y, sobre mi mesa de trabajo, escribió con su atractiva letra de ideograma chino: “Pintor de espejos azules, sonando siempre en Granada, en los jardines tranquilos sobre el agua. Va el agua diciendo un nombre, Manuel Rivera se llama”. Mari leyó con emoción el poema. Manolo se extasió. Yo lo reproduje a su tamaño en el ABC verdadero, a doble página. El artista llevaba ya muchos años pintando el agua y lo había conseguido a través de los alambres cimbreados. Era un desafío liminar que fundía la pintura y la escultura, en la vanguardia del arte por venir. “La mano del viento realiza finos trabajos de orfebre en el río ondulado en mil arrugas”, se lee en un poema arábigo-andaluz traducido por Emilio García Gómez. El agua agarrada a las crines del viento, la oquedad del color en la luz acerada, las luces y los brillos cambiantes, habitan en la pintura/escultura de Manuel Rivera, en su arte de espejos, según Julián Gállego. Pintura/escultura deshabitada, fugaces pájaros abrumados, alma encendida en el temor y el temblor del alambre. La nueva generación ha superado la pintura y la escultura tradicionales. No sé el tiempo que permanecerán afilados los bordes de la nueva vanguardia pero vivimos sobre las instalaciones, el Cutting Edge o el Proyect Room. Alicia Framis es el faro español encendido en la novísima expresión artística como Angélica Liddell lo es en la provocación teatral. Por eso, tras contemplar la muestra erizada, pero ya decadente, de Moholy-Nagy que ofrece el Círculo de Bellas Artes, me fui a ver con inquietud y expectación la nueva exposición de Julián Aragoneses, en la bien organizada Fundación Pons. El joven artista ha anudado la inteligencia y el pensamiento profundo en obras de intensa belleza abstracta. A base de cuerdas y telas arpilleras, como Manolo Rivera con los alambres, ha tejido nudo tras nudo, a la manera de las hilanderas velazqueñas, la comunicación con el espectador de la pintura/escultura según su visión del arte, según su entendimiento de la belleza, por medio de técnicas distintas a las tradicionales. Algunos de sus cuadros esculturas los ha integrado en la naturaleza, otros forman instalaciones certeras. Son frágiles telas cenicientas, hoguera de los ojos encendidos, desplome de las lluvias malditas, ónfalos de Colinas, poesía del monte amordazado. Julián Aragoneses se descarga de Pollock, de Tapies, de Genovés, de Millares, de Rivera, para verter la savia amarga de sus yedras, el tacto tembloroso de la sangre encarnada, el cataclismo de los silencios y las esperanzas. En sus obras todavía sin cicatrizar tiembla el artista como los versos de Ezra Pound. Sobre la carne ebria de sus cuadros trenza el mar la cascada de telas y cuerdas que se derraman sobre el ronco rumor de los pozos perdidos. Entre los dedos del poeta se traman las vendimias de oro, los lagares ciegos, la música enterrada. La obra de Julián Aragoneses es una hoguera de nieve, los oximorones de Quevedo, el hielo abrasador, el fuego helado, la herida que duele y no se siente, la hora de todos los vacíos, un aguacero de campanas rojas, el cangilón lejano. Miguel Cereceda ha escrito certeras palabras sobre la obra de Julián Aragoneses. “Nuestro artista, afirma, no se piensa a sí mismo como pintor, sino más bien como artesano”. “Hay por tanto en su trabajo un retorno a las manos, a la materialidad y fisicidad del objeto”. Frente al esplendor del muro, cabe la gloria de los escombros, el artista ha anudado con sus dedos sabios la estética vital de New Art norteamericano, el mundo hecho trizas de Áron Gábor, las máscaras escarnecidas de Yongs-hin Cho, los delirios arborescentes de Umbral, mientras Tunga arroja cabezas de mujer al mar para plantar sirenas.